Shimokitazawa
Mis primeros viernes de trabajo en Tokio los terminaba deambulando por los restoranes y bares encajonados por los callejones de Shimokitazawa antes de arrastrarme exhausto a la residencia.
Gracias al coraje que me dio la combinación de mucho sake y poco sushi aquel viernes, después de meses, terminé acompañado: yo acababa de pedir comida en un chapurrado japonés cuando me la encontré sacando fotografías al estrecho bar donde yo estaba. Como reconocí que no era tokiota, la llamé en inglés. Me respondió en un inglés con rasgos latinos. Me acerqué y la invité a comer en español.
Antonia se llamaba. Llevaba un par de horas en Tokio después de dar la vuelta al mundo en un avión por querer llegar acá. Era una joven y talentosísima reportera de revista de papel couché y había llegado a reportear el siempre intrigante imperio del sol naciente. Había llegado sola porque el resto de su equipo de trabajo se quedó varado en algún aeropuerto oriental. Ella, absolutamente sola en una ciudad de 13 millones de almas, se había llenado de coraje y con cámara en mano aprovechó la noche para adelantar algo de trabajo y justificar su viaje. Así fue cómo llegó al barrio de Shimokitazawa.
Agradecía escucharla hablar en español: era un alivio no tener que descifrar una ráfaga de palabras ametralladas o asentir con la cabeza cuando simplemente no entendía. A Antonia le hablé de las maravillas de la ciudad. ¿Por qué estás acá?, me preguntó. Me trasladaron cuando se abrió la sucursal nueva acá en Tokio Era el único que no se complicó. Así, de un día a otro, dejé amigos, familia, idioma y costumbres con tal de seguir avanzando. ¿No te arrepientes? No, es necesario si quiero seguir aspirando a más. Pero te quedaste solo.
Bebí.
Absolutamente solo, pensé.
Sí, puede ser, pero ¿acaso tú no tuviste que hacer méritos y desprenderte de cosas o personas para llegar adonde estás? Sí, pero sigo estando en mi país, donde están mis raíces. Suerte la tuya, Antonia.
Suspiré. Bebimos.
Y mientras bajaba el sake, me cuestioné si esto valía la pena. Era verdad. Estaba completamente solo y ni siquiera tan satisfecho con lo que hacía, pero había salido con tanto miedo de la carrera, que salí al mercado como si desembarcara en Normandía armado con una miserable pistola de juguete.
Por eso mismo me agrada tu compañía, Antonia. Gracias, a mí igual. ¿Sabís? Dicen por ahí que el amor no es más que el canje de dos soledades. ¿Ah sí?. Sí, ¿saldrías mañana conmigo?
No regresé a casa esa noche. La pasé en el 1576, su habitación de hotel donde había alcanzado a dejar sus maletas. Esa noche soñé con mi ciudad con tintes bucólicos. Era la fusión de mi ciudad con el pueblo de mis padres y el campo que araron mis abuelos. Eran recuerdos inexistentes, pero los sentía propios. Eso sí, recuperé sabores olvidados y los juegos de mi infancia.
Desperté afligido. Era de noche aún. Tomé una botella de agua de su frigobar y como un estúpido me quedé con la vista perdida en el vapor helado que despedía la máquina. Volví a la cama y corrí la cortina: Tokio no tenía intenciones de dormir, daba la sensación que si se detenía, moría. Como yo.
Inevitable recordar mi propia ciudad.
Cerré la cortina y me acosté sobre las sábanas. Abracé a Antonia. No pude seguir durmiendo.
Publicado en la 10º edición de la Revista Jalea, ‘Los sueños’